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Una Historia de Cocina


La llamaré Dalia, pero ese no es su verdadero nombre. Cuando nos enteramos que nuestra amiga estaba enferma, no podíamos creer que la vida se ensañara una vez más con ella : una mujer joven, cultivada, con unos inmensos ojos azules que tenía ya entre sus producciones un libro de poesía y una novela.


Hacía algunos años Dalia había pasado por un primer episodio que había sabido superar sin gran dificultad: un cáncer de ovario que la obligó a descansar y a repensar en las prioridades. Había aprendido sobre las virtudes medicinales de algunas plantas y a alimentarse todavía mejor de lo que ya lo hacía.

Era una mujer de raíces canadienses que había aprendido a amar Costa Rica desde su adolescencia. Llegó sola con su mochila y se instaló para vivir en nuestra patria y realizar sus sueños en una época en la que nadie hablaba francés en San José.

Dalia era de esas personas sin las cuales la fiesta no era fiesta: el grupo de parejas que nos encontrábamos siempre, sabíamos que, en cuanto ella llegara, el ambiente, se llenaría de abrazos, de sabrosas carcajadas y de finísimas historias llenas de buen humor y aguda inteligencia. Preparaba para nosotros unos bocadillos maravillosos que tenían litros de aceite de oliva, queso de cabra y olivas negras. Todos disfrutábamos de su compañía y de su cuchara.

Quedamos estupefactos cuando su marido nos llamó para darnos la mala noticia: el cáncer había vuelto y esta vez de manera implacable. El tratamiento que se le podía dar solo serviría para prolongar por unos cuantos meses la vida de Dalia.


En ese momento, yo trabajaba con un horario muy cargado y no vivía cerca de nuestra amiga. Quería ayudar y no sabía cómo. Me puse a revisar en el capítulo de mi vida donde había estado enferma y recordé que había agradecido mucho a las personas que habían cocinado para mí. Puse manos a la obra y comencé a preparar platos sencillos y nutritivos que llevaba los fines de semana a casa de Dalia y su marido. Al menos ella se ahorraba un esfuerzo y su marido podía dedicar más tiempo a los cuidados que Dalia requería.

Puedo decir que ella me enseñó a demostrar mi amistad cocinando. Evidentemente yo preparaba ya la comida de diario en la casa y algunos platos para la familia en el poco tiempo que me dejaba el trabajo, sin embargo, hacer la cocina como prueba de amistad y de cariño por una persona que está enferma es otra manera de cocinar.

A partir de ese momento, empecé a sacar tiempo para las ollas. El aislamiento al que estamos obligados por el COVID-19 ayuda ya que trabajo desde la casa. Disfruto ahora, gracias a la lección de vida de mi amiga Dalia, inventando recetas y creando platos interesantes que puedo compartir con las personas que sé que lo necesitan.

Yo se que Dalia me acompaña, desde donde esté, en las madrugadas cuando me levanto a amasar la masa del pan, y que sonríe desde lo alto cuando muelo las hojas secas de las hierbas aromáticas de mi jardín. Hierbas que Dalia me regaló cuando todavía estaba con nosotros. Linda lección de vida que quisiera dejar a mis nietos.


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