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Detrás de la Aguja


Llegó apenas ligeramente retrasado, según lo pude verificar en la moderna aplicación de entregas a domicilio que resplandecía en mi teléfono. Abrí la puerta de nuestra casa y lo vi detenerse frente a las agujas del residencial para indicarle al guardia el motivo de su visita. Ahí, de cara a esas agujas que definen quienes son “ellos” y quienes “nosotros”.

Ahí, de cara a esas agujas que definen quienes son “ellos” y quienes “nosotros”.

Levanté la mano para hacerle saber al vigilante que todo estaba bien, que aquel era mi pedido, y entonces lo observé acercarse en su humilde bicicleta, con un ritmo levemente cansado. Se detuvo frente a mí, bajó de su medio de transporte, sudoroso, manteniendo el distanciamiento social sugerido, y me saludó con una sonrisa. Yo respondí el saludo y me le quedé mirando mientras sacaba el paquete de su mochila.

En mi mente lo veía a través de un túnel que ya no solamente separaba esos dos metros sino también más de tres décadas de vida, de experiencias, de penas y alegrías, de cambios y vicisitudes.

Apenas pude hacer más. En mi mente lo veía a través de un túnel que ya no solamente separaba esos dos metros sino también más de tres décadas de vida, de experiencias, de penas y alegrías, de cambios y vicisitudes. Le agradecí el servicio, le di una propina que agradeció de manera emotiva, me despedí de él y regresé a la comodidad de mi existencia sin poder sacar de mi cabeza un mar de preguntas:

  • ¿Quién definió los papeles en el intercambio que apenas acababa de darse?

  • ¿Quién, o qué cosa, o azar, o entidad, o regla cósmica estableció que debía ser yo la persona que recibiera el pedido y no la que lo entregara?

  • ¿Por qué razón o circunstancia tengo yo mucho más de lo que pudiera necesitar y él debe consumirse físicamente para apenas llegar a fin de mes, si es que eso ocurre?

Mi cerebro divaga y viaja a los tiempos lejanos de mi niñez, tan llena de limitaciones, inmersa en la pobreza, acechada por cualquier infortunio que pudiera dar al traste con la precaria estabilidad de aquella época, y regresa para cuestionarme que hay en mí que me haga merecedor de un presente tan diferente al suyo, y yo no tengo respuestas.

Le veo alejarse a través de la ventana y me duele que simples reglas aleatorias, o cualquier otra explicación que se pueda elaborar, fabriquen dos vidas tan distintas. Me avergüenzo de lo ingenuamente que nos reconfortamos en nuestro relativo éxito sin cuestionarnos lo terriblemente frágil que resulta ser el material a partir del cual construimos nuestras vidas.


Basta un lanzamiento de dados para que todo lo que damos por descontado se nos retuerza. Esa noche cenamos gracias a su esfuerzo y necesidad, pero por más que lo intento no consigo recordar que hubo en el menú...


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