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Un Amor Voluntario


Cada sábado acudía sin falta a la cita. Tantos nombres, tantos rostros, tantas almas necesitando compañía y consuelo. Dando mi tiempo gustosa sin saber que aquello me serviría para afrontar uno de los mayores dolores en mi vida.

En los pasillos de un hospital de San José inicié mis labores como Dama Voluntaria hace un tiempo atrás. Aportar un granito de arena para aquellas personas que, estando internadas, veían transcurrir sus días entre el dolor y la soledad se convirtió en mi cita sabatina.

Adultos mayores abandonados a su suerte, jóvenes que vieron cómo un accidente les cambió la vida para siempre, madres aterradas por un futuro incierto donde se ven obligadas a separarse de sus hijos durante semanas y cuyo sustento familiar desaparece como por arte de magia… realidades contrapuestas que desgarran el alma…

Sólo quien convive horas en una sala de emergencias, en un salón de internamiento, en un pasillo de hospital, compartiendo el dolor y el sufrimiento de aquellos inmersos en su propia agonía, es quien puede entender el valor de la solidaridad, de la sensibilidad, de la salud, de la vida…


El tener al lado a quien se preocupe y de gracias siquiera por abrir los ojos cada día se convierte en un tesoro que ignoramos por completo. Así que cada sábado me convertí en cómplice, en amiga, en madre y hermana; y regresaba a mi casa complacida por el deber cumplido pero con el corazón desgarrado por el dolor que dejaba atrás.

Un día todo cambió: con profundo pesar me enteré que el servicio de voluntariado de los sábados sería suspendido y una mezcla de enojo, frustración e imposibilidad me invadieron. No podía entender por qué la vida era tan injusta con aquellos que tanto necesitaban de esos instantes de amor, esos que a mí me arrebataban también.

Sé que en ocasiones pareciera que todo está planeado. Que la vida gira para darnos un propósito que, aunque no entendamos en el momento, está ahí para darle sentido a nuestra existencia. Y quién diría que compartir un rato de alegría, de amor, de comprensión con aquellos desconocidos me “preparó” para sobrellevar la enfermedad terminal de mi esposo.

Dos meses después del cese de mi voluntariado, mi esposo enfermó de gravedad. Aquellos pasillos de hospital, tan familiares para mí, se convirtieron ahora en “nuestros”. Sin saberlo, la vida me había llevado a ese lugar para preparar mi corazón y así intentar soportar el dolor que esto implicaba; sin darme cuenta había llevado una “capacitación” voluntaria y la realidad me ponía a prueba, la más dura de mi vida. Ahora me convertía en “su dama voluntaria”, llena de un amor incondicional, el mismo que juré ante un altar veinticinco años atrás. Siempre a su lado, siempre juntos.


Nunca esperé recibir nada a cambio pero recibí más de lo que pude haber imaginado. Entre camas de hospital, comprendí que nada sucede por casualidad, que si nos damos enteros por amor y hacemos el bien al prójimo, todo aquello se nos devolverá multiplicado en bendiciones no sólo para nuestras vidas sino también para aquellos a quien amamos.


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