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Sólo Íbamos para Ayudar a la Causa


Domingo 4 de mayo del 2014, 3:00 p.m. Ahí estaba yo en la línea de salida de la II Edición de la Carrera a beneficencia del Centro Diurno de Alajuelita. Yo haría la carrera de cinco kilómetros y mi esposa y mi hijo, un bebé de cuatro meses en ese momento, harían la caminata de tres kilómetros.


Solo íbamos para ayudar a la causa. Mi amigo Mario, vecino del cantón y compañero de equipo de relevos y de aventuras en el asfalto estaba organizando la carrera para recaudar fondos, con muy pocos recursos y muchísima voluntad, así que nos fuimos a aportar nuestro granito de arena.


La tarde estaba muy caliente cuando salió la carrera. Eran sólo cinco kilómetros, pero sucedió lo de siempre, todos salimos mordidos. Los que han participado en un evento deportivo conocen esa adrenalina. Llegamos al centro de Alajuelita y nos enrumbamos hacia el lado de San Felipe.

Yo nada más iba corriendo, a lo que me daban las piernas. Estaba muy caliente pero, al final de cuentas, solo íbamos para ayudar a la causa.


Los que somos jóvenes y guapos/as pocas veces caemos en cuenta que a la vuelta de unos años seremos mayores y necesitaremos ayuda hasta para lo más simple y cotidiano. Así que la contribución para el evento la dimos con gusto.

En algún momento, el curso de la carrera viró hacia la izquierda. Y, oh sorpresa, frente a nosotros estaba aquella cuesta... yo calculo que pudo haber sido casi kilómetro y medio hacia arriba. Durísima. Como la vida en ocasiones que nos presenta una cuesta interminable y hay que subirla con todo lo que llevamos, que entre más rápido lo hagamos, más rápido la terminaremos. Igual, ¿cuál era el estrés de la carrera? Sólo íbamos para ayudar a la causa.

La ley de la gravedad reza que ‘todo lo que sube tiene que bajar’. Y así fue. Una vez en el tope de la cuesta empezamos a correr cuesta abajo, a todo lo que me daban las piernas.


Así llegué a la meta. Fue una carrera muy rápida, me encontré con mi esposa y mi hijo, que ya estaba con sueño y hambre, y nos regresamos a la casa. Al final de cuentas, solo íbamos para ayudar a la causa, entonces habíamos cumplido la misión.


En la noche me llega un whatsapp. Algo así fue la charla:


- “Diay mae, no se quedó a la premiación

- “No mae, es que Josué ya estaba inquieto y vos muy enredado entonces nos vinimos

- “Pues acá tengo tu trofeo

- “¿Ah? ¿Cómo? ¿Cuál?

- “Pegaste el tercer lugar de tu categoría


Pues sí. Tercer lugar de la categoría Veteranos A. ¿Has de creer? Sólo íbamos para ayudar a la causa y salí pegando podio.

A los días fui a recoger mi trofeo, que guardo con mucho aprecio y gratitud en la sala de mi casa. Más que un recuerdo deportivo, que lo es, me ayuda a recordar que así suele ser la vida. Vamos por ella atentos y pendientes de nuestras necesidades, que no está mal, pero se nos olvida que hay personas menos afortunadas que nosotros y que, cuando nos detenemos a ocuparnos de ellos también, la vida nos premia.


Al ayudar a otros, inevitablemente nos estamos ayudando a nosotros mismos. La próxima vez que tengás la oportunidad de dar, hacelo. ¡No te perdás esa bendición!

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