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Ni por todas las Monedas del Mundo


Mi bisabuelo llegaba cada tarde a casa de mis abuelos. Había quedado viudo a los 40 y nunca más se casó. Murió a los 96. El tropel de pubertos y mocosos que apenas aprendían a caminar -todos nietos suyos- ya sabían bien que con la llegada del viejo el rosario estaba a punto de comenzar.


Mi bisabuelo había consagrado su vida a evangelizar su gran familia desde que enviudó. Decía que a sus hijos mucha falta les hacía rezar “porque Dios y la plata nunca sobran”. Después de las cruces sobre cabeza y pecho comenzaba ceremonioso, con un halo de papa laico diciendo:

"Diiiiiiiiiiiioooooos teeeeeeeeee saaaalvemaríallenaeresdegraciaelseñor.... aaaamén" y según mi tío, ninguno entendía nada y comenzaban a contar, no hacia adelante las cuentas y misterios, sino hacia atrás "Yo solo pensaba en cuántas faltarían para acabar. Vos sabés que la rezada nunca fue lo mío", me dijo.


Terminado el rezo salían todos al gran patio para esperar el café, la avena y los dulces de mi abuela. Unos jugaban al fútbol y otros al llanero solitario, aquel gringo vaquero que hacía poco habían conocido en el tele que trajo mi abuelo de América y que funcionaba por obra y gracia de la planta eléctrica, dos horas al día.


De todos los nietos, uno -el más astuto y mi tío favorito- se quedaba sentado al lado de su abuelo viéndolo masticar unas hojas cafés y esperando alguna orden que luego se convertiría en monedas para la escuela. "Todo sacrificio tiene su recompensa. La desgracia fue que además de las monedas me quedé también con el gusto por el tabaco" dice mi tío.


Y así comenzó el relato: "Te voy a contar una que me hizo tu bisabuelo cuando yo tenía como diez años; esa nunca la olvidé y ahora no la olvidarás vos tampoco"

El viejo vio pasar el gallo más grande que había en la casa. Me ordenó perseguirlo y traerlo hasta donde estábamos sentados. Cuando se lo puse en las piernas, me encargó ir a buscar carbones apagados y me dijo que transformaríamos ese gallo en otro, uno tan distinto que ni los demás gallos de casa -socios y parientes de aquel- lograrían reconocerlo. Pintamos juntos la cabeza del gallo con el carbón hasta que quedó más negra que mi conciencia de hoy. Parecía otro animal."


Luego lo soltamos. El gallo de la cabeza negra caminó hacia donde estaban los demás y uno lo enfrentó apenas verlo y lo atacó; no lo reconocía ni su compañero de patio. Se agarraron a picotazos y el gallo de la cabeza negra no entendía lo que estaba pasando, ni yo, que a ratos me reía azuzando al animal y otras gritaba asustado. La cosa es que antes de enfrascarse más en la joda o morir, el pobre gallo prefirió huir al río para lavarse la negra testa.


Mi abuelo nunca se inmutó; no rió, no gritó, no arrugó la cara mientras que yo seguía asustado. Volví a sentarme a su lado sin comprender el por qué de todo aquello. Me miró a los ojos y dijo con solemnidad "no vas a tapar la cara de otros, no vas a engañar a otros, no vas a confundir a los otros ni a los tuyos, ni por todas las monedas del mundo, ni porque tu amado y santo abuelo te lo pida, jamás"


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