• Humanos de Costa Rica

Negro, ¿a cómo el agua de pipa?


Cuando cumplí 39 años realicé que el tiempo no pasa rápidamente, vuela. Repasando mi vida la verdad sólo tenía agradecimiento: una esposa espectacular que todos los días me enseña a no tomarme la vida tan en serio, a ser empático y ayudar a los demás simplemente cuando lo necesiten, a tener siempre una actitud positiva y una sonrisa en cualquier circunstancia. Una hija preciosa que, aunque muy pequeña en ese momento, demostraba ya mucha determinación en todo lo que hacía y qué con el pasar de los años nos ha probado una y otra vez que esa es una de sus principales cualidades.


Nací en el día 249 de 1965, el lunes número 36 de ese año, un 6 de setiembre a las 9 a.m. De acuerdo a las Naciones Unidas fui uno de 319,907 niños que vinieron al mundo ese mismo día y no sé que número de los 222 que nacieron en el mismo minuto que yo. Interesantemente la población en nuestro planeta era de 3.35 billones de personas, hoy somos ya 7.59 billones. Y, como dato curioso, orgullosamente esa semana la canción Help! de los Beatles era la número uno en la lista de las más populares.

Pues ese 6 de setiembre del 2004, 39 años después, decidí que para mis 40 años me pondría como meta correr un maratón. Practicaba en ese momento varios deportes pero correr definitivamente nunca ha sido lo mío. Muy lejos de ser agraciado en el trote y menos veloz, por alguna razón mi habilidad natural simplemente no está allí. Pero, precisamente eso era lo que hacia la meta retadora, que pereza ponerse de algo que sea fácil para uno.


Con el objetivo claro, ahora sí, ¿cómo le entra uno a esto? Por dicha en el gimnasio del Spa del Corobicí, al cual iba, tímidamente me acerqué a un grupo que nacía con dos excelentes personas como entrenadores: Olman y Alvarito. Fue el inicio de Los Correcaminos, un grupo que creció y que eventualmente evolucionó a organizar maratones años después, algo que me acuerdo conversábamos en esos días “uyyy mae, ¿se imaginan organizar un maratón en Costa Rica?”. Eventualmente miembros de ese grupo original lo formalizaron y cumplieron ese sueño.

Con la meta puesta, los entrenadores identificados y un grupo de personas mentalizadas a lograr el mismo objetivo empezaron los entrenamientos. Religiosamente todas las mañanas a las 5 a.m. arrancábamos con la primera luz del amanecer. Poco a poco antes de esa hora las luces de los carros se iban acercando, el grupo se iba formando y medios dormidos murmullábamos cualquier tema para despabilarnos.


Olman y Alvarito, cada uno con su forma, estilo y personalidad nos empezaban a dar instrucciones, hoy me hace mucha gracia por que se me viene a la cabeza la frase "La Danza y el Martillo", jajajaja.

Olman muy hábilmente y quizás inconscientemente, tomó la decisión que era más sencillo decirnos “profe” a todos en lugar de tener que aprenderse el nombre de cada uno. Todavía hoy mantengo comunicación con él y en la trayectoria que ha tenido entrenando también otros deportes como natación, ha marcado la diferencia para miles de deportistas, no sólo con la técnica, sino con su entereza, serenidad mental y fortaleza espiritual.

Hace muy pocos días sufrió la experiencia más dura que uno puede tener como padre, perder un hijo. La forma en que enfrentó y enfrenta esa situación antes y después que sucediera, es algo que quizás él, por su forma de ser no sabe, pero día a día con su actitud y mensajes transmite una fe que ilumina el camino de muchos, incluyendo el mío. ¡Fortaleza, un gran abrazo y muchas gracias profe!

Iniciábamos con una rutina rápida de estiramiento y luego un trotecito para calentar hasta la pista dentro de la Sabana, donde ya arrancábamos con el plan de entrenamiento del día. Eran unos 300 metros del Spa a la pista. El primer día, cuando llegamos, estaba ya casi fundido, jadeando como loco, me dije “oh no, ¿si casi no puedo correr 300 metros como voy a lograr correr 42,195?”

Pero, esa fue la gran primera gran lección: lo que parece imposible, se va haciendo un poquitico más posible día a día si uno le pone esfuerzo y constancia. En mi caso ese poquitico era de verdad un poquitititico, pero ahí la llevé.

Cuando uno inicia una nueva actividad de este tipo pasa algo interno y muy interesante: la motivación ya no sólo viene de la meta propia, viene de la de los otros compañeros y de la expectativa cada mañana de compartir con ellos.

Empezar a conocer, compartir e interactuar con un grupo nuevo de 15 a 20 personas en edad adulta no es algo común. Pasaba naturalmente el primer día de escuela donde la entrenadora era "la niña Eva" y los compañeros Sergio, Gustavo, Luis Guillermo, Carlos, Rafa, Oscar, Federico, Melvin, Edgar y otros, o el primer día colegio con Mr. Hughes que con sus grandotes ojos azules decía “that’s stupid” cuando lo agarraba a uno haciendo alguna tontera, ahí los compañeros eran Alberto, Víctor, Karen, Ana Cristina, Gustavo (el mismo), Alvarín, Eliseo, Javier, Rodri, Eduardo, Juan Ignacio, María, Gaby y otros.

Entrenando para el maratón no, ya todos éramos adultos: Tony, Adri, Juan Carlos, Alvaro, Gabriel, Marco, Luisito, Cristina, Maureen, Laurita, Meli y muchos otros, cada uno aportando su personalidad, humor, experiencia y ritmo todas las mañanas, que se convertían en motivación adicional todos los días.

Así fueron pasando los días y meses, entrenamiento toda la semana y fondos los sábados. Esos fondos que conforme uno progresa van pasando de 8 K a 10K a 12k a 15 K a 20K a 22K a 25K y hasta 30K.

Mi esposa es una santa, me acompañó cada sábado durante casi un año, levantándose conmigo desde las 4:30 a.m. Como estaba lejos se ser el más veloz a ella le tocaba darme asistencia, especialmente al final. Muchos sábados, mi hija, dormida con una cobija y el perro en la parte de atrás del carro, nos acompañaba en las primeras horas de la mañana.


Me acuerdo que con un aparato de GPS Garmin (nadie entendía para qué lo tenía) me iba durante la semana a recorrer la ruta, la grababa y la subía, sobrepuesta en un mapa, a un blog que había hecho de los Correcaminos y que nadie tampoco entendía que era, creo que fuimos los primeros en hacer eso.

Un sábado, por una lesión que tuve en la semana, decidí mejor no hacer el fondo que ese día tocaba por la ruta de circunvalación, así que me fui tempranito con una hielera, de esas azules con tapa blanca que todo mundo tiene, llena de bolsitas con agua helada a dar asistencia a los compañeros.

A las 6 a.m. me ubiqué allá a la altura de uno de los puentes peatonales de los Hatillos, parado en la orilla de la calle con las bolsitas, ya sudando pequeñas gotitas a través del plástico, colocadas ordenadamente en filas sobre la hielera.

Me senté en el cordón de la acera a esperar que fueran apareciendo mis compañeros. De pronto sonó "grrrriiiiiiccccchhhhh", sin tiempo de entender por el susto, era un carro que frenó casi en seco y se me acercó al lado con una señora al volante. Ella bajó la ventana y sin verme a la cara mientras revolcaba con su mano la cartera en busca de menudo me dijo “¿Negro, a cómo el agua pipa?”, me quedé mudo, de repente me dio cólera y luego me dio mucha risa, me repasé de pies a cabeza junto con mi "puestico" y definitivamente tenía toda la pinta de un vendedor ambulante pulseándola desde tempranito.

Finalmente, luego de meses de entrenamiento, madrugadas, fondos y muchos kilómetros recorridos llegó el gran momento de la competencia. Como un grupo de colegio, todos vestidos iguales, nos vimos en el aeropuerto para salir rumbo al maratón de Chicago al cual muchos del grupo nos habíamos inscrito. Mi esposa, mi hija y mi suegra completaban mi equipo.

Fue una experiencia inolvidable, mi hermana, su esposo y su cuñada también la correrían. Una mañana fría, junto con otras 40,000 personas que tuvieron sus Olmans y Alvaritos que los entrenaran, la corrí y la disfrute. Saludé a miles de personas en el camino muchas de las cuales al ver Costa Rica en mi camiseta me gritaban a todo pulmón “¡Pura Vida!”, “¡Imperial!”, “¡Gallo Pinto!”, “¡Tamarindo!”, "¡Guaro!" y todo lo que se les viniera a la mente de alguna visita a Costa Rica.

Unos meses antes, por precaución, me apunté a la rifa para un cupo también del maratón de Nueva York y, por más precaución, me inscribí dos veces: con mi dirección de Costa Rica para la rifa internacional y también para la rifa local como residente de Estados Unidos con la dirección donde viví años atrás en Manhattan. No me gané la rifa internacional pero para mi sorpresa si la de residente, que evidentemente no era.

Muy en mi naturaleza eso me sembró una semillita, “hmmmm, ¿y si corro las dos?” “Tás loco” me dijo todo mundo, incluyendo Alvarito y el Profe que, luego ante mi determinación, no les quedó mas tren que apoyarme con un plancito intermedio entre maratones.


Así fue como el 6 de Noviembre del 2005, menos de un mes luego de correr el 9 de Octubre el maratón de Chicago, corrí el de Nueva York.

En la Expo, que es la feria donde uno recoge su número y un dispositivo para marcar los tiempos, llegué nervioso por dentro pensando qué sucedería si me pedían algún comprobante de residencia, pero por fuera con la confianza de todo un veterano, después de todo ¡ya tenía un maratón a mis espaldas! Afortunadamente, "como residente del estado de Nueva York en la ciudad de Manhattan en 23rd Street between 8th and 10th Ave" recogí mi paquete sin mayor problema, ¡ja!


En la Expo, por pura suerte, estaba Dean Karnazes, una leyenda de ultramaratones que yo admiraba. El había corrido hasta 350 millas seguidas en algún ultramaratón y estaba pronto a correr 50 maratones consecutivos en 50 días en cada estado de Estados Unidos.

Era una oportunidad que no podía dejar pasar, me le acerqué, me presenté y resultó ser un chavalazo, hasta una foto me tomé con él, al mejor estilo tico. Con la bendición de "mi nuevo mejor amigo Dean" de que todo iba a estar bien con mi humilde segunda maratón en un mes, tenía toda la motivación que necesitaba, ahora sí que desbordaba confianza.

Viví en Manhattan unos años y siempre el día del Maratón de Nueva York iba a Columbus Circle, en la esquina del Central Park, a ver llegar a los corredores entrando al parque en la parte final de la carrera. Es todo un espectáculo, algunos corren con vestido de novia, disfrazados de Spiderman, Batman, los Pica Piedra o traje entero, de todo veía.

Me impresionaban muchísimo los mensajes que muchos corredores llevaban en su pecho honrando la persona o causa por la cual corrían: “por mi madre”, “por mi padre”, “por mi hijo”, “por mi hija”, “por el cáncer” y muchas otras intenciones con las fotos de sus seres queridos que, al completar ya casi los 42 kilómetros, los llenaban de emoción y sentimiento al punto de llanto al entrar al parque. Yo tampoco lo podía evitar porque sus emociones se transmitían fuertísimo.

Por esa razón el maratón de Nueva York, a pesar de no ser el primero, fue el más especial para mí, no podía creer que ahora yo era participante y no espectador. La entrada al Central Park en Columbus Circle es algo que nunca podré olvidar.


Disfrute cada paso que dí en Staten Island, Brooklyn, Queens, el Bronx y Manhattan ese día, además lo dí agradeciendo a Dios por la oportunidad, mi salud y todas las bendiciones que me había dado, ya en ese momento con 40 años cumplidos.


Mi esposa y mi hija no estuvieron ahí para recibirme como si lo hicieron en Chicago, al finalizar simplemente disfruté el momento por un buen rato en el parque absorviendo de vuelta toda la energía consumida en esos meses.

Luego, así como había corrido, con mi medalla al cuello y una cobija de material reflectivo protegiéndome del frío de otoño, camine hacia el Subway para dirigirme al apartamento de una pareja de amigos muy queridos donde me había quedado.


Para mi sorpresa, sentado en el tren sarandeándose de un lado a otro, la gente rápidamente concluía que era un corredor del maratón y me felicitaban o elevaban sus pulgares en aprobación sacudiendo su mano y con un guiño en sus caras.

Podría escribir un libro de lo que viví en cada una de esas maratones que corrí, pero soy fiel creyente que como en esa experiencia, en todo en la vida el camino para llegar a la meta es la real recompensa.


En cuanto al agua de pipa, aún no me decido a entrarle al negocio, pero nunca es tarde, sé por experiencia propia que, al menos los sábados a las 6 a.m., hay buena demanda.

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