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Mi Lienzo Gris por uno Lleno de Color


Empiezo a escribir este texto mientras dos colibrís danzan con su tornasol en la sala de mi casa, eso me recuerda que siempre he buscado volar hacia mi sueño.

Andrea es mi nombre, un nombre que inicia con mi letra favorita, la “A” y que da pie a verbos poderosos: amar, ambicionar, arriesgar, abrazar.


Crecí entre flores; mi mamá es un alma artística que siempre sembró e hizo girar su imaginación con ellas. Recuerdo que mis juegos de niña eran hacer diseños florales, hasta mis barbies tenían mini-arreglos.

Encontraba en las flores tanto color, textura y aroma, que me enloquecía pensar cómo la naturaleza era tan mágica que hacía brotar de una semilla algo tan poderosamente extraordinario.


Pasó el tiempo y cuándo llegué a la decisión de qué voy a hacer con mi vida, me desvié por otra de mis pasiones: la escritura y me adentré en el periodismo; me gustaba y lo hacía bien. Pero siempre había una voz que me preguntaba qué sería de mí si me arriesgaba a vivir mi quimera de ser diseñadora floral.


Por 16 años entregué el corazón al corre corre de una oficina de comunicación en una de las instituciones públicas más prestigiosas del país. Buena remuneración, posición de jefatura, reconocimiento público, todos los “checks” para sentirme exitosa. Sin embargo, sabía que en el fondo no vibraba y tras un empujón (doloroso pero aleccionador) me vi sin trabajo entrando a mi cuarta década siendo mamá soltera, con mil responsabilidades, etc.

No olvido que después de la terrible frase ¡está despedida!, me dije a mi misma: nunca más cortaré mis alas, nunca más oiré voces que me debiliten, nunca más me robarán mi fuerza interna y fue ahí donde conocí el empoderamiento. No voy a negar que fue duro, sola, yo conmigo misma y las cicatrices de la vida (si bien siempre existen almas que acompañan el proceso, al fin de cuentas la decisión es individual).


Dos meses después, entré a clases -¡sí a los cuarenta!- al Instituto Mexicano Técnico Floral (IMTF) dónde me gradué como Diseñadora. Y como no tenía tiempo que perder, mientras estudiaba le di alma y vida a Dandelión, mi empresa de decoración.

Cuatro años han pasado y en medio de esta locura de situación pandémica, seguimos de pie obligados a cambios, pero sin miedo a adaptarnos y sabiendo que todo pasa (aunque suene trillado).


A mi vida como diseñadora floral, se le sumó hace un año la oportunidad de ser profesora en el IMTF, así que hoy también corto flores junto a mujeres y hombres que tienen mí mismo sueño. Esto me despierta un sentimiento hermoso… sembrar sobre tierra fértil y ver clase tras clase un brote.


No es fácil ser emprendedora, pero no me quejo. Cuando he llorado o me he sentido abrumada, vuelvo a ver atrás. Tomé decisiones. Hice mi parte. Cambié mi lienzo gris por uno lleno de color, ahora dejo mi alma fluir en algo que me apasiona y que me empuja a ser mejor mujer, mamá, hija, hermana, amiga. En fin, mejor ser humano, pues creo que solo cuándo amamos, ambicionamos, arriesgamos y abrazamos a plenitud, logramos hacerle eco a la frase de Fito Paéz: “quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón”.


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