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La Historia Detrás de los Viajes


La primera foto es de cuando mi mamá me fue a despedir por primera vez al aeropuerto. Me siento muy bendecida y afortunada por recorrer el mundo, mientras crezco en todas las dimensiones de mi vida.


He tenido la bendición de interactuar con personas más de 100 nacionalidades y culturas, y he podido ver con mis propios ojos muchas maravillas que guardan los rincones del mundo.


Pero lo que pocos se imagina cuando ve esas fotos es todo el esfuerzo y la historia que hay detrás.

Desde muy temprana edad, aprendí que con determinación todo se puede lograr, por más difícil que se vea el camino. Fue mi mamá la que me decía esto y quien me enseñaba a soñar lo más alto que pudiera. Y es que soñar era un lujo para las condiciones en las que vivíamos, con plata apenas para la comida cada semana.


Crecí en una zona rural, en un pueblito que se llama Cedral, en el límite entre Aserrí y Acosta. Soy una orgullosa hija y nieta de agricultores, lo cual cultivó en mí el gran amor que tengo por la naturaleza. Es conocido para cualquiera que la agricultura no es un negocio tan rentable, como fue el de mi familia. Mi papá iba a la feria del agricultor cada sábado por más de 30 años, esa era la fuente de ingreso semana a semana.

Mientras tanto, mi mamá nos cuidaba a mi hermano menor y a mí, y a mi hermano mayor a la distancia. Para nosotros, la escuela y el colegio fueron odiseas por sí solos. Había que caminar por un trillo en media montaña y muchas veces hubo que cruzar el río brincando piedras para poder llegar a clases.


Cada año remendábamos zapatos, camisas y pantalones. Una amiga de la familia (a quien considero un ángel) nos regalaba los cuadernos, y como eran todos iguales, mi hermanito y yo nos entreteníamos forrándolos con recortes de periódico.

Y así la lista de anécdotas sigue, porque la lucha era cosa de todos los días. Aunque limitaciones materiales eran muchas, no nos quejábamos. Más bien agradecíamos las oportunidades que teníamos y nos esforzábamos con alegría.

Desde pequeña me ha gustado mucho aprender, y gracias a Dios tengo una mamá maravillosa que siempre ha creído en mí, así que no hubo barranco ni quebrada que me quitara el impulso.

El primer día en la universidad no me cabía la emoción en el pecho, ese era un paso importante y un gran logro por sí sólo. La primera vez que puse un pie en un avión no encontraba las palabras para expresar tanto que sentía. Después de cruzar ríos y quebradas, ahora estaba cruzando océanos y el mundo me abría sus puertas. Los sellos en el pasaporte se fueron multiplicando, al igual que las oportunidades.

Hoy me parece casi un sueño reflexionar sobre mi vida, ver fotos y saberme del otro lado del mundo, viviendo en el tercer continente mientras sigo coleccionando experiencias, sin tomarlas por garantizadas. Y todavía me sigo asombrando al escuchar acentos tan diferentes al mío o ver paisajes tan distantes a mi montaña... porque la verdad es que yo salí de esa montaña, pero la montaña no salió de mí.

Esa vida tan humilde y sencilla me dejó valores que llevo siempre conmigo como la gratitud y la capacidad de ver la vida con ojos de maravilla, al igual que mis raíces, las aventuras con mis hermanos y las enseñanzas de mis papás. Ahora parte de mi misión es darle a mi familia la calidad de vida que se merece, y compartir un mensaje positivo por el mundo de que cualquier sueño es posible si hay ganas suficientes, y de mantener siempre un corazón agradecido.


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