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El Puente



Aquel era un gran día, luego de varios meses de negociaciones, finalmente tenía la reunión final en Alajuela para cerrar la transacción más grande que haría en el año.

No había sido fácil, estaba en medio de dos partes, cada una muy experimentada, muy hábil y muy comprometida con su posición, lograr un acuerdo había sido una batalla sin tregua en cada punto y habían sido muchos…

Me gusta siempre tener todo listo desde el día anterior, y en este caso con mayor razón. Cuatro copias encuadernadas de un documento de varias páginas que detallaba todo lo acordado los meses anteriores.

Esa mañana, dos horas antes de la reunión y fieles al gusto que habían tomado por volver al campo de batalla a conquistar un nuevo objetivo, surgió un punto final inesperado. Los astros se alienaron y milagrosamente logramos un acuerdo, ahora sí, todo listo…. excepto que ahora tenía menos de una hora para imprimir de nuevo todos los documentos en el papel especial que reservaba para estas ocasiones, llevar a encuadernar de nuevo cada copia y estar a tiempo en la reunión.

Este había sido un proceso muy largo, cambiar la hora era algo que no estaba dispuesto a hacer, dar más tiempo era el equivalente de abrir una caja de pandora a otros posibles puntos a negociar que podrían tomar días en resolverse, así que me dije “a correr, pero esto se firma hoy”

Imprimí de nuevo las cuatro copias de la nueva versión, ver el movimiento de ida y vuelta de una impresora cuando hay prisa es un ejercicio de paciencia como hay pocos, especialmente cuando son 15 páginas que uno espera una a una como si estar ahí con la mano extendida de alguna manera acelerare la impresión.

Finalmente, luego de agonizantes minutos, todo listo, ahora sí, a montar todo al carro, y camino a la reunión, correr a Office Depot en el City Mall para empastar cada copia. De repente me pasan por la cabeza pesadillas de encontrarme en fila delante de mío al cliente típico que se toma todo el tiempo y paciencia para hacer su gestión, todos nos lo hemos topado cuando tenemos prisa.

Me tengo que montar en la autopista en Real Cariari, mi mente, asumo que inconscientemente haciendo check de todo lo que debo tener listo, de repente me flashea que no tengo dinero en efectivo, nada, cero, no tengo plata en la billetera ni monedas en el carro. En ese momento ya estoy sobre el puente, llegando al semáforo en rojo para doblar a la izquierda rumbo a Alajuela. ¿Qué hago? ¿Cómo voy a pagar el peaje? No tengo tiempo.

Ahí, justo a mi lado está el señor en silla de ruedas que en una cajita de madera en sus regazos ofrece mentas, chiclets y otros dulces de marcas que no reconozco. Usa una gorra desgastada, de esas que se extienden en la nuca para cubrir su cuello y unas mangas de lycra para proteger sus brazos del sol. El sudor corre por su cara ya tostada efecto de pasar largas horas ahí.

Se acerca y antes de que pueda ofrecerme sus productos bajo la ventana y, para mí mismo asombro, me escucho decir “disculpe señor, me da muchísima pena, pero de casualidad usted me podría prestar ¢ 100 colones, es que voy corriendo a una reunión y no tengo para pagar el peaje”

Es increíble cómo la mente en una fracción de segundo te azota con sentido común y, antes que él me responda, grita en mi cabeza, “idiota, ¿cómo se te ocurre pedirle plata prestada a este señor? ¿No ves lo duro que trabaja y cuánto le cuesta cada colón?”

Mis manos aprietan la manivela y cierro levemente los ojos preparándome para su respuesta que entre otras cosas me recordará que él está sudando bajo el sol en silla de ruedas trabajando mientras yo estoy elegantemente vestido dentro de un carro con aire acondicionado, el contraste no podría ser mayor.

Me mira a los ojos unos agónicos segundos y finalmente dibujando una gran sonrisa en su cara me responde: “Claro, con mucho gusto” Su mano toma de una tacita con varias monedas una y me la entrega sonriendo aún más. En medio de mi asombro la recibo, la veo y le digo “Muchísimas gracias, de vedad, yo se la pago ahora más tarde, pero me dio ¢ 500, solo ocupo ¢ 100 para el peaje…” “Lléveselos, talvez ocupe más, nunca se sabe”

Todo salió como debía, no había fila para que me atendieran, llegue con unos minutos de anticipación a la reunión, se concretó la negociación y efectivamente fue la transacción más grande que hice en el año. A pesar de ello, aún en medio de la firma, de los apretones de manos y de la satisfacción del trabajo cumplido, mi mente siempre estuvo en el puente, ahí, acompañando a este señor que, sin pensarlo, sin cuestionarme y sin juzgarme espontáneamente extendió su mano a un completo extraño sin pedir nada a cambio.

Por supuesto que le pague con creces y casi no me lo acepta, pero más que esos ¢ 500 colones, ese señor me entregó una enseñanza que nunca olvidaré, y cada vez que paso por el puente la recuerdo: ayuda cada vez que puedas, sin cuestionar, sin juzgar y sin esperar nada a cambio.

Hay que agradecer a toda persona que da, no importa su situación, pero el acto dar por parte de quien no le sobra y más bien le falta es aún más digno de admirar.




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