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El Principio de Todo Cambio


Comencé a escuchar sobre la importancia de conservar el medio ambiente desde que era pequeña. Los dos gestores de esta conciencia fueron mi abuelo y mi madre. Mi abuelo —hombre de pensamientos innovadores, adelantados a su época— me enseñó a abrazar árboles y a entender que todos los seres vivos somos igual de importantes, que el dinero y el poder son dos de las fuerzas más peligrosas que hay sobre la tierra. Mi madre, dedicada a las ciencias y a la cultura, fue una profesional pionera en su área. Rompió con todos los moldes sociales para poder salir adelante, sin miedo a sacrificar mucho para lograr sus metas.

Trabajé dieciséis años de mi vida como profesora, durante los cuales comprendí el rol fundamental e inapelable de la educación y la influencia que esta tiene en las jóvenes mentes de las nuevas generaciones. Tristemente, en este trayecto también pude dimensionar las profundas desigualdades e incongruencias de nuestro sistema educativo; vi de cerca el adoctrinamiento académico, la agresión pasiva y el maltrato sostenido a todas esas personas que piensan diferente, que estudian por pasión, por convicción y por amor a las artes y a las ciencias.


Mi senda por el sector de la educación formal llegó a su fin, lógicamente, pues terminé siendo yo misma una de las personas que no encajaba dentro del sistema tradicional. Agradecida con los mentores que supieron leerme, con mi aprendizaje y con todos los escenarios que me hicieron crecer, un día de pronto, me vi en el camino —mi camino, ese que estaba hecho a sastre para mí— de la solidaridad humana y la justicia social.

Alrededor de mis treinta y cinco años llegué a una organización que me hizo ver el mundo real y desigual en el que vivimos. Allí entendí que debo estar agradecida por lo que hay entre mis manos y que existen millones de personas que tienen menos que yo. Terminé de entender que es en la vida cotidiana donde se defienden los Derechos Humanos, que el bienestar de los demás es mi responsabilidad y que el amor y la esperanza son las fuerzas que nos mantienen con vida.

Es así como, cuando hace cinco años escuché por primera vez sobre el Acuerdo de París, comprendí inmediatamente que se gestaba un plan maestro para salvar el mundo de nosotros mismos, de nuestro desmedido crecimiento económico, de nuestras malas prácticas ambientales, de nuestra codicia y de nuestra insaciable sed de consumo.

Siempre supe que debía salir al mundo sola y resuelta, a afrontar no solo la inestabilidad económica que implica levantar un sueño disfrazado de negocio, sino a todos aquellos que me dijeron que no valía la pena. Así nació Legatos Mundi, mi herramienta para promover la mejor versión posible del mundo. Defendemos tres pilares principales: los Derechos Humanos, el cumplimiento de los Objetivos del Desarrollo Sostenible y la cultura de paz. Trabajamos en alianza con muchas organizaciones que son la voz de los más necesitados y de los retos locales, regionales y mundiales más urgentes.


Trabajamos cada día por un fin bastante ambicioso, pero el amor siempre lo es, así como también es el principio de todo cambio.


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