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Costa Rica es Hogar, Costa Rica es Familia


No cierro muy fuerte los ojos y me visualizo de nuevo en esa sala en Pavas. El gran comedor, un par de sofás y una silla reclinadora donde se sienta mi abuela. Por supuesto que estamos todos, mi hermano y hermanas, mis papás, tíos y tías. Todo es un balance perfecto, mientras mi tía Eu me enseña la técnica correcta para hacer abdominales, el aire huele a las mejores tostadas con queso y salsa de tomate. Eran pizzas en tajadas de pan baguette, sencillas, pero siempre memorables.

Era de milagro que las reuniones familiares no quedaran a la misma hora los domingos. Pero cuando sucedía así, empezaba el día con la misma energía que como lo terminaba. Iniciaba con largas horas sobre una bici y corriendo por la calle con mis primos y terminaba con mis papás y hermanos en alguna heladería de camino a la casa.

Crecí disfrutando esos domingos, muchos de los cuales celebraban algún cumpleaños, logro de algún familiar o algún aniversario de mis abuelos, alguno de los muchos. Sin embargo, la gran mayoría eran simples reuniones, donde yo pensaba no se celebraba nada. Era la oportunidad para mis tías de preguntarme sobre los estudios, el deporte, mis pasatiempos, planes, metas, todo. Todo lo querían saber.

Los domingos se fueron transformando. Ya no visitamos esa casa en Pavas, ya no me enseñan a hacer abdominales, ya no huele a pizza en tostadas… En la mayoría de semanas, ya no tengo nada de eso.


Hace tres años decidí estudiar fuera de Costa Rica, una oportunidad de oro que no podía dejar pasar. Una en la que he aprendido mucho sobre mi carrera, otra cultura y que me dio la oportunidad de conocer a alguien que representa demasiado para mí: mi pareja.

Cuando ella visitó Costa Rica por primera vez, nos tocó celebrar mi cumpleaños. No tengo cientos de amigos y suelo hacer mis celebraciones con la familia, pero le tocó conocer a más de cincuenta personas, todos familia. Familia directa, del lado de mi papá, del lado de mi mamá, primos y primas segundos, la hermana de mi abuela, una multitud de gente.

Poco me costó ver su gran impresión. Y no es para menos, en su cultura las familias se dispersan por todo el país, a miles de miles de kilómetros de distancia. Los primos se ven una vez cada tres años, los abuelos hacen videollamadas una vez al mes, es otra cosa. No hay domingos llenos de bicis y tostadas.

Ese día fue mi cumpleaños. Pero me di cuenta que estaba celebrando a la familia. Esa unidad que es tan única y especial… tan tica. Sin darnos cuenta, eso fue exactamente lo que celebramos todos esos domingos.

Vivir lejos me ha dado la oportunidad de hacer familia lejos de Costa Rica y ser adoptado por personas que admiran esa unidad familiar con la que crecí y que disfruto hoy en día, aunque esté tan lejos de mi suelo.

Cuando empaqué para salir de Costa Rica, sabía que me llevaba el cariño de mis familia, su interés y buenos deseos para mi futuro. Lo que no sabía es que había empacado la nostalgia más grande de mi vida por lo que hemos vivido todos juntos y el agradecimiento más especial hacia ellos, por hacerme quien soy.

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