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¡Conejito, Conejito!



“¡Conejito, conejito!”, con esas palabras mágicas se disparaba nuestra imaginación y una carrera contra mis dos hermanas y mi hermano para encontrar el regalo sorpresa que papi nos traía de vez en cuando, usualmente los días de pago, y que escondía en algún lado de la casa.

No importa adonde estuviéramos o que estuviéramos haciendo, como un resorte todos brincábamos y corríamos a buscarlo, bajando a tumbos por la escalera, pasando unos por encima de otros y escudriñando cada rincón siguiendo el “frío, frío” o “calor, calor” que papi exclamaba emocionado como un niño.

Todo por aquella preciada sorpresa, un confite, un chocolate o cualquier detalle, pero para cada uno de nosotros era todo un tesoro. La magia y el recuerdo de ese ritual es algo que nunca podré olvidar y que un día como hoy recuerdo con especial cariño.

Mi papá nació en un pueblo llamado La Estrada en Galicia, España. Uno de los menores de muchos hijos, era una persona que desbordaba alegría, don de gentes y una sonrisa cautivadora que hacía de las suyas en el pueblo que recorría en su motocicleta con la cara al viento.

Mi mamá emigró a Costa Rica con sus padres cuando era solo una niña. Oriunda también de La Estrada un día regresó a visitar el pueblo siendo ya una joven adulta, mi papá quedó instantáneamente flechado por ella y las jóvenes del pueblo quedaron celosas de “la americana” que lo había conquistado.

Se enamoraron, pero ella regreso a Costa Rica. Un tiempo después él, ya abogado graduado de la Universidad de Santiago de Compostela, la siguió y viajó para casarse, el plan era regresar luego juntos a España. Sin embargo, el destino tenía otros planes, mi abuelo murió repentinamente y mi papá terminó quedándose en Costa Rica donde vivió los siguientes 42 años de su vida junto a mi madre, a quién amó incondicionalmente.

Aún puedo escucharlo cantando una canción que le escribió:


".... te sigo amando

pero tanto y tanto

como aquel día que en la Estrada te decía...

que te quería más que a mi vida

y que serías

solamente solo mía....

Ushiña, Ushína...."

Soy la menor de cuatro hijos, tengo dos hermanas y un hermano. Vivimos la vida típica de una familia de esos años, todos creciendo y pasando cada uno a su manera por sus etapas de niñez y adolescencia, incluyendo las travesuras que con gran ingenio mi hermano siempre ideaba y que usualmente terminaban con harina en el pelo de alguna de nosotras o cualquier otra artimaña que nos enfurecía a todas.

Viajábamos a la playa cada vez que se podía, especialmente a Punta Leona cuando era una odisea llegar al Pacífico Central, incluso cruzando el Tárcoles en una barcaza porque no había puente.

A papi, amante del fútbol, se le iluminaba la cara si de camino al pasar por alguna de las muchas plazas de pueblo había un partido de fútbol. No importa si era un encuentro formal o una mejenga de vecinos, simplemente orillaba el carro cargado de chunches y de familia ansiosa de llegar al mar, nos bajábamos y ahí nos quedábamos, más viéndolo a él disfrutar el partido y esperando el momento de continuar. Finalmente, cuando llegábamos a la playa pasábamos días lindísimos acampando que nunca olvidaré.


Papi fue un apasionado del tenis, deporte que aprendió en Costa Rica. Los sábados íbamos al Colegio de Abogados o al Tenis Club donde él y mami jugaban incansablemente junto con sus amigos y donde nos inculcaron a todos la pasión por ese deporte. Fue miembro fundador del Comité Organizador de la Copa del Café donde trabajó incansablemente durante 35 años. Aún recuerdo desayunar los churros con chocolate que tanto le encantaban y que traía de la Copa el día anterior.

Canchas de tenis en el Colegio de Abogados y en Punta Leona llevan su nombre, por su insistencia obstinada en que se construyeran. De igual forma algunas canchas de fútbol, deporte que también tanto lo apasionó, incluso siendo portero en España de un equipo federado.

También me acuerdo de Mirrusca, una perrita maltés blanca, a la que él siempre en el desayuno le daba “sopeado” el pan mojado con café que tanto le gustaba. Hoy es lo mismo que yo hago y tanto disfruto en mi desayuno.

Papi era siempre el centro de la fiesta, como una sinfonía que va creciendo y creciendo hasta llegar a su momento final, así esperaba la gente el instante en que él salía a tocar su pandereta española en un show extraordinario de movimientos, sonidos y la sonrisa más encantadora que uno podía ver.

Verme graduarme de abogada fue uno de sus mayores orgullos y para mí, una de las grandes satisfacciones de haberle podido dar.

Un domingo, mi novio me propuso matrimonio, llegamos a la casa a comunicarles la noticia y él nerviosamente a pedir mi mano. Papi se emocionó mucho, “estoy muy feliz, pero te llevas una parte de mi corazón” le dijo mientras unas lágrimas bajaban por sus mejillas, “celebremos” continuó instantáneamente.

Papi no estuvo ya con nosotros para nuestro matrimonio, pero desde el cielo sé que nos acompañó. En un momento mágico nuestra hija, siendo solo una bebé, acostada en nuestra cama miraba sin cesar hacia arriba en el cuarto, agitaba incansablemente sus brazos y sus pies, y con su cara iluminada y una sonrisa no paraba de decir “Nono, Nono, Nono”. Así llamaban sus primos mayores a papi, pero ella siendo bebé no lo sabía y nosotros tampoco nunca se lo habíamos mencionado.

Tengo mil recuerdos y lecciones de vida de mi papá, pero indudablemente todas las personas que lo conocieron coincidirán conmigo: tenía un don de gentes excepcional, una calidez que embargaba a las personas a su alrededor, una sencillez, amabilidad, sonrisa y optimismo que instantáneamente te hacía sentir en casa. Todo eso es el legado más grande que me pudo haber dejado a mí y a mis hermanos.


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