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Amigos de Siempre


Empiezo con una confesión, no soy tico. Pero, soy tico de corazón y alma.

El cuento que tengo es una mezcla de recuerdos que todavía me hacen sonreír y me llenan los ojos de lágrimas, pues añoro todo lo que hice y a todos los que conocí.


Viví en San José de 1973 a 1983, año en que me vine a estudiar a EE.UU, pero regresaba a Costa Rica dos veces al año, durante las vacaciones de verano y para Navidad, hasta 1989 y no he vuelto.


Conocí a muchas personas increíbles, la mayoría en el Colegio Lincoln, y otros en la UACA. Años después, por dicha, estoy en comunicación con muchas de ellas a través de Facebook y WhatsApp y Zoom.


Nos juntábamos un montón de compañeros del colegio para ponernos al día, platicar y conocer las nuevas parejas y los güilas que habían nacido entre tanto.


Yo me iba de la casa de mis papás como a las 11:30 de la mañana y les decía que los vería al próximo día, sabía que no iba a estar de vuelta sino como hasta las 2 a.m. Ellos vivían en Rohrmoser y yo agarraba camino a San Pedro para recoger a Maribel (Chayo). De ahí, pasábamos a comprar algo para llevar, aunque Rocío insistía que llegáramos sin nada. Pero, ¿cómo va a llegar uno con las manos vacías? Con un pastelito, un vinito o algo por el estilo, agarrábamos camino hacia Alajuelita.

Rocío (Pío) y César (con sus dos hijitos) nos esperaban para almorzar. Cuando los güilas oían mi carro, salían corriendo para abrazarnos y darnos la bienvenida. No importaba si era la primera vez que me habían visto en meses, o si era a la siguiente semana, siempre corrían y me abrazaban, gritando “Tío Oscar, Tío Oscar”.


La casa de Pío olía delicioso, por más simple que fuera lo que había cocinado, ¡era lo más rico que había comido en meses! A veces arroz compuesto, o ensalada con palmitos y pejibayes, siempre tortillas, pan, natilla y un ron con coca o una cerveza fría. Mientras comíamos, platicábamos de todo y de todos, poniéndome al día de lo que había pasado durante mis meses en EE.UU.



Luego íbamos a la vecindad a hablar con los papás de Pío, que esperaban con un cafecito. Y claro, el gallinero… las cuatro hermanas de Pio, siempre con abrazos, saludes y mil preguntas. Regresábamos con manos llenas: quesos, natilla, leche y pan dulce. Cada fin de semana creo que subía 5 libras, ¡pero valía la pena!


A media tarde empezaban a llegar más amigos. Ana Lorena, Patricia, Marisa, Carmen Rita, y sus parejas. ¡Y a comer otra vez! Pan dulce con queso, pastel de Giacomín, torta chilena recién hecha, tortillas con frijoles y natilla y por supuesto café, o más ron con coca, cervezas o vino. Más pláticas, risas y carcajadas.

Pío se escapaba cinco minutos y ya estaba preparando “alguito” para la cena. Volvía a oler la casa entera como la de nuestras abuelas. Ajito, cebollita, chile dulce, aceite, carne misterio (no nos decía que era hasta que no la habíamos “hartado” toda), y luego salía con que era lengua o saber qué… ¡pero deliciosa…! Y claro, ensalada, arrocito o papas y de postre ¡todo los que había sobrado de la tarde!


Así eran casi todos los fines de semana de mis vacaciones, compartiendo risas, lágrimas, recuerdos y deliciosa comida con amigos que son como hermanos, qué llevo en el corazón y quienes cambiaron mi vida al llenarla de amistad y cariño. Amigos que nunca he olvidado y nunca olvidaré.


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