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Tatá


La situación que estamos atravesando con esta pandemia ha evidenciado las diversas maneras en que cada persona afronta la adversidad. Particularmente me ha llamado la atención, que por la facilidad que tenemos para producir y compartir mensajes, se han visibilizado tanto los sentimientos de solidaridad como los de enojo hacia las personas que tienen condiciones distintas a la propia.


Las crisis potencian la creatividad y ayudan a que muchas personas saquen sus mejores y peores sentimientos. Otras están a la espera de que alguien más se haga cargo de resolver sus situaciones. Pero bueno, así es la realidad. Cada quien tiene que decidir cuál es la mejor forma de sobrevivir a las dificultades.


Desde niña me ha gustado escuchar y escribir historias, propias y ajenas. Hacerlo me ha ayudado a disfrutar, agradecer y entender los recovecos del camino y aprender.

Una de mis más apreciadas maestras es Tatá, bautizada así por mi hija mayor. Ella es la mujer de casi metro y medio que trajo al mundo a mi querido esposo. Es una sabia señora con la que he tenido la oportunidad de compartir y de aprender grandes lecciones. Tiene una capacidad excepcional para perdonar y su amor es incondicional. Pero la más grande lección que me ha modelado es cómo vivir en función de la fe.

Tatá cuenta que una vez se le perdió el cheque de pago. A ella le pagaban por quincena. Como la plata no abunda en una casa en donde hay una jefa de hogar madre de tres adolescentes, llegó el día en que cuando fue a ver lo que iba a preparar para el almuerzo solamente tenía un paquete de macarrones y una latita de atún. Entonces hizo lo que creía era lo mejor: se hincó a pedirle a Dios que le ayudara, que no quería que sus hijos salieran sin comer.

Minutos después alguien tocó la puerta y ella sintió un gran alivio. Abrió y allí estaba una viejita pidiendo comida. Por supuesto que ella no lo pensó y se fue a traerle lo que tenía en la alacena. Se lo dio y la señora le dijo: ¡Gracias! Pero tengo frío. ¿Usted tendrá un abrigo que me regale? Tatá fue a traerle una suéter y cuando se la iba a entregar, revisó las bolsas. Entonces, fue ahí, en donde menos lo pensaba, que apareció su respuesta: ¡Un billete! Con ese dinero pudo preparar un mejor almuerzo para la familia y hasta le sobró. Como si fuera poco, al día siguiente le llegó un dinero que enviaba con poquísima frecuencia mi suegro.

Pienso en esta historia y en cómo los planes se han modificado o truncado por la pandemia. La existencia nos cambió de golpe. Unos días estamos con el chip de pensar en positivo y otros no. Pero si hacemos un pequeño esfuerzo, afinamos la mirada y tenemos fe, podemos descubrir los pequeños y grandes milagros que pasan a nuestro alrededor. Respirar, observar, disfrutar, y sobre todo, agradecer. Esto también pasará.


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